DECLARACIÓN – COMITÉ CENTRAL

29 de agosto de 2026

Una izquierda capaz de disputar el futuro

1. Un mundo en crisis

Asistimos a un profundo deterioro del orden internacional construido después de la Segunda Guerra Mundial. El derecho internacional, el multilateralismo y las instituciones creadas para procesar los conflictos pierden terreno frente a una lógica cada vez más peligrosa: la ley del más fuerte.

En ese escenario, el gobierno de Donald Trump constituye hoy la principal amenaza para la paz y para la construcción de un orden internacional basado en reglas. Su política exterior convierte el enorme poder económico, militar y financiero de los Estados Unidos en instrumento de presión sobre otros países. Aranceles, amenazas, sanciones y represalias se utilizan para obligar a gobiernos soberanos a aceptar decisiones que muchas veces contradicen sus propios intereses. 

Esa misma concepción se expresa hacia adentro. La persecución de migrantes por parte de la administración Trump y el papel asignado a ICE forman parte de una política que transforma a seres humanos en amenazas y utiliza el miedo como herramienta política. Pero sería un error observar este fenómeno solamente en Estados Unidos. La extrema derecha ha hecho de la migración uno de sus grandes dispositivos para organizar el miedo, construir enemigos y dividir a quienes viven de su trabajo. Y Europa tampoco puede eludir sus responsabilidades. La crisis de Ceuta volvió a mostrar las consecuencias de una Unión Europea que externaliza crecientemente sus fronteras y delega parte de su control en terceros países, entre ellos la monarquía marroquí, mientras miles de personas quedan atrapadas entre la desesperación, la violencia y fronteras cada vez más militarizadas.

Uruguay tiene una larga tradición de acogida, refugio y solidaridad que debemos defender. Precisamente por eso, nuestro país no debería aceptar convertirse en destino de personas de otras nacionalidades deportadas por Estados Unidos como consecuencia de la política migratoria de la administración Trump. Una cosa es recibir soberanamente a quienes migran a nuestro país; otra muy distinta es asumir las consecuencias de una política de deportaciones definida por una potencia extranjera. 

2. Un Uruguay que también está cambiando

Este deterioro del orden internacional tampoco es ajeno a Uruguay. Somos un país pequeño, abierto y dependiente de un mundo que cambia aceleradamente; por eso, lo que ocurre fuera de nuestras fronteras condiciona nuestras posibilidades de desarrollo, la distribución de la riqueza, el trabajo, las migraciones y las condiciones en que construimos nuestra democracia. Las mismas fuerzas que concentran riqueza y poder a escala global producen incertidumbre y desigualdad en nuestras sociedades, mientras el miedo y la frustración son utilizados para dividir y debilitar las respuestas colectivas. Uruguay tiene una historia y una identidad propias, pero no está fuera de estas disputas. Defender nuestro proyecto de país exige también comprender el mundo en el que estamos y disputar el lugar que queremos ocupar en él.

3. Una fuerza política para este tiempo

Vivimos un tiempo de profundas transformaciones. La desigualdad, la precarización del trabajo y de las condiciones de vida, las dificultades para acceder a una vivienda, los problemas de salud mental, las nuevas formas de violencia y la incertidumbre sobre el futuro atraviesan la vida cotidiana de miles de personas.

Al mismo tiempo, se debilitan muchos de los espacios donde históricamente las personas se encontraban, se organizaban y construían respuestas colectivas. El mundo del trabajo se fragmenta, los vínculos comunitarios se vuelven más frágiles y las trayectorias de vida son cada vez más diversas.

A esta transformación social se suma otra: nuestra relación con el tiempo, la información y los demás. Las plataformas digitales han impuesto una aceleración permanente. Todo parece tener que ocurrir ahora, las respuestas deben ser inmediatas y la frustración se vuelve cada vez menos tolerable. Tenemos más posibilidades de conectarnos, pero muchas veces nos sentimos más solos; más información, pero no necesariamente más capacidad para comprenderla.

En este contexto, la desigualdad no es solamente una cuestión de ingresos. También es desigualdad de oportunidades, de tiempo, de vínculos y de poder. Por eso, defender la democracia hoy exige algo más que preservar sus instituciones: exige garantizar condiciones materiales para que todas las personas puedan participar, decidir y construir un proyecto de vida digno.

4. Convertir el malestar en organización

Nuestro pueblo necesita igualdad de oportunidades y respuestas concretas. Quiere trabajar, llegar a fin de mes, acceder a una vivienda, cuidar a sus hijos, estudiar y vivir en barrios seguros. Pero muchas de esas necesidades se viven de manera individual, como si fueran problemas que cada persona debiera resolver por sí misma. Esta es una de las grandes disputas de nuestro tiempo.

Frente a problemas colectivos no podemos ofrecer solamente respuestas individuales. Frente a la fragmentación necesitamos comunidad; frente a la incertidumbre, derechos; frente a la concentración de riqueza y poder, organización y redistribución.

Y frente a quienes buscan transformar el malestar en miedo, resentimiento y enfrentamiento entre quienes viven de su trabajo, la izquierda debe ofrecer otra cosa: la capacidad de convertir el malestar en esperanza y la esperanza en organización colectiva.

5. ¿Qué fuerza política necesitamos?

Este escenario obliga al Frente Amplio a preguntarse por sí mismo. No alcanza con tener buenas propuestas ni con administrar correctamente las instituciones. Necesitamos una fuerza política capaz de escuchar, interpretar, organizar y transformar en función de esa escucha.

Una fuerza que vuelva a mirar el país desde la vida concreta de las personas y que esté presente en los barrios, los lugares de trabajo, los centros educativos, las cooperativas y las organizaciones sociales y culturales. Que converse también con quienes hoy no encuentran en nuestras estructuras un lugar.

Necesitamos recuperar la capacidad de conversar con una sociedad que cambió. Escuchar más y explicar mejor. Hablar un lenguaje que pueda ser comprendido sin renunciar a la profundidad. Y, sobre todo, estar dispuestos a cambiar a partir de aquello que escuchamos.

El Frente Amplio debe combinar elaboración programática con presencia territorial, capacidad institucional con organización social, experiencia con renovación. Debe ser una fuerza abierta a la sociedad y capaz de disputar sentidos culturales, construir soluciones concretas y proyectar un horizonte común.

Saludamos la movilización del Frente Amplio en un nuevo Día del Comité de Base, instancia que sirvió como impulso inicial de la discusión de cara al Congreso Ordinario José “Pepe” Mujica. Como socialistas contribuiremos a una discusión profunda sobre el rol de nuestra fuerza política, de nuestros comités de base, así como la inserción territorial y la construcción del Frente Amplio del futuro. 

6. De las demandas a la transformación

Nuestro proyecto político debe partir de las necesidades concretas, pero no agotarse en ellas.

La izquierda debe responder a la urgencia sin perder la perspectiva estratégica; atender a quienes no pueden seguir esperando y, al mismo tiempo, transformar las condiciones que producen esa espera.

Eso implica redistribuir ingresos y oportunidades. Pero también redistribuir poder, porque una sociedad profundamente desigual no puede ser plenamente democrática.

La justicia tributaria, el fortalecimiento de los servicios públicos, el acceso a la vivienda, el trabajo digno, la educación, los cuidados, la salud mental y las políticas de infancia no son asuntos aislados. Son dimensiones de una misma discusión: qué sociedad queremos construir y quiénes tienen capacidad efectiva para decidir sobre ella.

Por eso necesitamos volver a discutir el futuro: qué modelo de desarrollo queremos, cómo distribuimos la riqueza, cómo enfrentamos la crisis ambiental, cómo incorporamos las nuevas tecnologías sin profundizar desigualdades y cómo hacemos que el trabajo vuelva a ser una fuente de autonomía y dignidad.

7. Construir comunidad es hacer política

El Frente Amplio nació conversando con el Uruguay real: con trabajadores, estudiantes, cooperativistas, organizaciones barriales, colectivos culturales y sociales. Fue capaz de reunir identidades diversas y convertir demandas dispersas en un proyecto colectivo. Esa capacidad sigue siendo necesaria.

Frente a una época que individualiza, fragmenta y acelera, construir comunidad es también una forma de transformación política. No podemos resignarnos a que las personas sean solamente beneficiarias de políticas públicas, consumidoras o votantes. Queremos personas con derechos, pero también con capacidad de organizarse, participar y transformar.

Por eso el Frente Amplio debe fortalecer sus vínculos con la sociedad y construir espacios permanentes de encuentro, participación y organización. Una política que no solamente hable sobre la sociedad, sino que sea capaz de construir con y desde la sociedad.

8. Una izquierda capaz de disputar el futuro

El desafío no consiste solamente en defender lo conquistado ni en administrar las respuestas posibles dentro de los límites existentes. Necesitamos volver a disputar el futuro.

Eso requiere un Frente Amplio más abierto, cercano, territorial y capaz de escuchar; una fuerza que combine firmeza ideológica con capacidad de diálogo, elaboración con acción, organización con apertura y experiencia con renovación.

Una fuerza que no busque únicamente convencer a quienes ya piensan como nosotros, sino construir la confianza de quienes todavía no encuentran una respuesta en la política.

Y esa es la tarea a la que el Partido Socialista quiere seguir aportando: construir una sociedad más justa, más igualitaria y más democrática, donde el poder, la riqueza y las oportunidades no estén concentrados en pocas manos.

Porque seguimos convencidos de que la política puede cambiar la realidad cuando es capaz de encontrarse con la sociedad, organizarla y construir con ella un horizonte común.

9. Ruben Rada, memoria de nuestro pueblo

No queremos cerrar esta declaración sin recordar a Ruben Rada, que nos dejó en estos días. El Negro fue mucho más que uno de los grandes músicos de nuestra historia. Nacido en un hogar humilde del Barrio Sur, criado al calor del candombe, hizo de esa raíz afrouruguaya un lenguaje universal, capaz de dialogar con el rock, el jazz y la canción popular sin perder nunca de dónde venía.

Su obra fue también una forma de lucha contra las desigualdades étnico-raciales. Puso en el centro de la escena una identidad que durante demasiado tiempo fue relegada, y le dio visibilidad, orgullo y voz a la comunidad afrouruguaya. En cada tambor, en cada canción, hay una afirmación: la de un pueblo que se reconoce en su cultura y no se rinde.

Su música es patrimonio de la identidad nacional y va a seguir sonando en la memoria de nuestro pueblo. Hasta siempre, Negro.