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Julio Castro: educación y compromiso con la dignidad

Julio Castro: Educación Y Compromiso Con La Dignidad

Agustín Salazar, Brigada Julio Castro JSU

“Un día nosotros haremos justicia a Julio.
Y si el tiempo se nos va, otros lo harán por nosotros.”

Carlos Quijano, México 24 de abril de 1980

Julio Castro (1908-1977) era originario del departamento de Florida, en el paraje La Cruz. Desde niño acunó un estrecho vínculo con los más humildes de la campaña profunda, donde a posterior tendría una labor emancipadora a nivel educativo y social. Hijo de un agricultor, se educa al igual que sus diez hermanos en la escuela rural N° 9 de Florida. Durante 1924, sus buenas calificaciones y su temprano afecto por la pedagogía le permitieron obtener una beca para estudiar magisterio en el Instituto Normal de Varones “Joaquín R. Sánchez” de Montevideo.

Mientras profundiza su carrera docente, gana por concurso la cátedra de Filosofía de la Educación en el Instituto Normal de Montevideo. En la década de 1940 participa en diversos Congresos de maestros rurales, donde se discute y estudia el grado de especialización que debe tener la educación rural. Viaja luego a México, Ecuador, Chile y visita otros países de América Latina; donde elaborará trabajos de investigación sobre analfabetismo en Uruguay, y de forma general, en el escenario latinoamericano.

Concebía a la educación como un hecho social en el cual un grupo humano transmite a otro la cultura aprendida. A su vez, esta transmisión está enmarcada por el medio en el que vive dicha población, desde un análisis coyuntural que toma en cuenta la situación política y socioeconómica del momento y de la interacción entre los grupos humanos. En ese sentido entendió a la educación como pilar dentro de las políticas sociales, y en muchos sitios donde desplegó su labor, intentó que la escuela tuviera un rol protagónico en la comunidad ocupando el lugar de centro social, combatiendo la marginalidad y la pobreza.

Los rancheríos: un problema social del Uruguay

Tengamos en cuenta el contexto histórico donde comenzó sus tareas pedagógicas, marcado por la crisis de la década del 30, iniciada el 24 de octubre de 1929 con la estrepitosa caída de la bolsa de Nueva York, la cual se estima que provocó una pérdida de 100.000 empleos durante los siguientes tres días en América Latina. Una década de crisis global que afectó a los sectores populares de nuestros pueblos. Dicha crisis se fue disipando a partir del año 1939. La guerra mundial incidió con fuerza en la economía uruguaya, reforzando una política de sustitución de importaciones, con una industria nacional y un consumo interno en continuo crecimiento.

Sin embargo, la situación de los latifundios nunca cambió en nuestro país. Julio Castro manifestaría una insondable preocupación por la concentración de la tierra en pocas manos y las penosas condiciones en las cuales vivían los uruguayos en los “pueblos de ratas” o “rancheríos”, despojados de tierra suficiente para perseguir una vida digna. Un rancherío se define como una comunidad rural marginal, no solamente a la sociedad urbana, sino inclusive a la sociedad rural acomodada. Eran tierras infecundas, erosionadas y empobrecidas, muchas veces de nadie; minifundios asfixiados por el latifundio; viviendas promiscuas e insalubres; caminos intransitables que impiden llegar hasta la ciudad o

recibirla en sus expresiones de civilización y cultura; carencia de fuentes de trabajos y de mercados de colocación de sus posibles productos; subproducción e infra-consumo; ausencia de medios de recreación y de difusión cultural; tierras habitadas por mujeres y hombres en los dos extremos de la vida (niñez y senectud), debido al éxodo. Carecían de agua, insumos de limpieza y abrigo, poseían una nutrición totalmente carente de alimentos básicos, y además estaban alejados de los centros educativos. Estas condiciones de vida provocan una marcada deserción de los niños con edad escolar y Castro comenzará la necesaria tarea de esclarecer, ante esta mísera realidad, las posibilidades de acción para los maestros rurales.

La primera misión socio-pedagógica: Caraguatá

En 1945, Julio Castro fomenta e integra desde el Instituto Normal de Montevideo, la primera misión socio-pedagógica a Caraguatá (Tacuarembó). Los dos modelos que cabe mencionar como antecedentes a esta experiencia, se desarrollaron por iniciativas estatales en contextos de profundos cambios sociales y políticos: en las “misiones culturales” del México revolucionario de los años veinte y en las “misiones pedagógicas” de la España republicana de los años treinta. En Uruguay se buscará aplicar en áreas rurales deprimidas, métodos de mejoramiento sociocultural, sensibilizando a los futuros maestros en los problemas más agudos de nuestra sociedad.

Los misioneros se encontraron con la necesidad de adaptar las actividades planificadas al medio rural y al recelo del hombre de campo, no habituado “al contacto con gentes que den conferencias, ni le interesan, seguramente, los temas que en ellas se desarrollan” (Castro, 1985: 23). Ante las dificultades, establecen una rutina de trabajo: a la mañana salida en grupos a recorrer los ranchos invitando a las personas para la fiesta, conversar con ellas, averiguar sus modos de vida y llevarles algunas cosas (ropa y comida). Otros se quedaban en la escuela, realizando talleres y recreación. A la tarde se empezaba la función y continuaba hasta el atardecer: títeres, recitados, música, conferencias y cine.

El maestro Julio Castro concluye al finalizar la primera misión socio-pedagógica: “Fuimos con el propósito de hacer cultura y nos encontramos que antes de cada acto teníamos que darles de comer a los pequeños y a veces a los grandes. Fuimos a hacer propaganda sobre higiene y nos encontramos con que no hay agua (…) Niños hay, de ocho a diez años, que nunca han tomado leche; que se crían y alimentan con agua de maíz. (…) Hemos visto mucho. Tanto que estos días parecen años por lo intensamente vividos” (Castro, 1985: 28).

Periodista comprometido con las luchas sociales

Su labor de educador no lo imposibilita de desempeñar su trabajo como periodista, siendo el fundador de diarios y semanarios fundamentales para su época, como el semanario “Marcha” fundado en junio de 1939 junto a Carlos Quijano, del cual será su redactor en jefe y director en el momento de su clausura por la dictadura cívico-militar, el 22 de noviembre de 1974.

El 1° de agosto de 1977 es secuestrado y trasladado a un centro clandestino de detención sumándose a la dolorosa lista de uruguayos detenidos-desaparecidos. Pasarán 34 años de impune silencio, cuando en el Batallón de Infantería N°14 se encuentran restos óseos en una fosa cavada en la roca y cubierta de cal. Eran de un hombre con las manos atadas por un lazo y los tobillos por un alambre.

El jueves 1° de diciembre del 2011, en conferencia de prensa, el Secretario de la Presidencia de la República, Alberto Breccia, acompañado por el antropólogo José López Mazz anuncian que los restos hallados pertenecen al maestro Julio Castro. Estaba vestido y llevaba los zapatos puestos. Su vida transitó en contacto íntimo con la tierra, su gente y sus problemas, como docente, como estudioso y como periodista. En la memoria yace indeleble el ejemplo eterno del educador comprometido con la dignidad de nuestro pueblo.

Bibliografía

AA.VV. (2012) Misiones Socio-Pedagógicas de Uruguay: Primera Época (1945-1971). Documentos para la memoria. Consejo de Formación en Educación (CFE). Montevideo: ANEP.

Castro, J. (1985) La misión pedagógica de los alumnos normalistas. Cuadernos de Marcha. Tercera época, año I, número 7. Montevideo.

Soler Roca, M. (1978) El movimiento a favor de una nueva escuela rural. En: Dos décadas en la historia de la escuela uruguaya. Montevideo: Revista del Pueblo.

Series de entrada: El Sol Nº 11 - enero 2021
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