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América Latina más allá del progresismo

América Latina Más Allá Del Progresismo

“(..) al tener el punto de decisión de su actividad en sí y en sus relaciones con el mundo y con los otros, los hombres sobrepasan las «situaciones límites» que no deben ser tomadas como si fueran barreras insuperables, más allá de las cuales nada existiera.” Paulo Freire, Pedagogía del oprimido.

Escribe Santiago Acuña, Militante CS Mercado Modelo

El mundo cambió. Ayer, hoy y siempre, las pandemias son momentos donde la humanidad se sacude. La famosa frase “de la pandemia no salimos iguales” parece venir desde la historia de la humanidad. Miremos lo que pasó después de la peste bubónica en el siglo XIV o el cambio que significó para América la introducción de la gripe con la llegada de los colonizadores. Es que las pandemias nos obligan a pensar en nuestros límites, en nuestra propia supervivencia como especie.

A principios del 2020, cuando se detectaban los primeros casos de COVID-19, América Latina ya había atravesado la “década progresista” y se encontraba evaluando los avances y frenos de esos gobiernos que nacieron como una reacción al neoliberalismo de los 80s y 90s. Empecemos por esto último, ¿qué es el neoliberalismo? El neoliberalismo es una palabra sofisticada para definir la forma en que ejercen el poder unos señores ricos que buscan favorecerse a sí mismos. Ese ejercicio del poder no solo se ve en una manera de gobernar sino que también influye culturalmente en nuestra forma de organizarnos, de resistir y hasta marca la publicidad que vemos en la tele -recordemos el “hacé la tuya” de Seven Up-. En nuestra región, la primacía del neoliberalismo dejó estados al servicio de unos pocos privilegiados y por lo tanto niveles de desigualdad altísimos con millones de personas descartadas.

¿Por qué es necesario hacer este repaso histórico? Los contextos en los que surgen los procesos políticos importan. No hay que olvidar que los gobiernos progresistas de los 2000s fueron una respuesta necesaria al brutal avance de los ricos criollos y del norte en las décadas anteriores. Además, no es lo mismo plantear una transformación radical de la sociedad en el contexto de triunfo de la revolución cubana que en momentos donde la militancia para cambiar el mundo es reprimida y desincentivada social y culturalmente en todo el mundo. De esta forma, es lógico que la salida a esta ofensiva hayan sido gobiernos, distintos entre sí pero equiparables por su reafirmación del rol del estado atacado por el neoliberalismo. En la década progresista se consolidaron las transferencias monetarias para satisfacer necesidades básicas, la recuperación de empleo y salario para trabajadores formales y la incorporación de sectores urbanos precarizados. Los constreñimientos de la época marcaban las dificultades de pensar en algo que no fuera resolver lo antes posible problemas concretos de la mayoría de la población.

Acompañados por el crecimiento económico empujado por un contexto internacional favorable para la exportación de bienes primarios, los gobiernos progresistas lograron avances significativos en la reducción de la pobreza y la indigencia así como en el crecimiento del salario real. Sin embargo, la desigualdad no mostró los cambios esperados. En otras palabras, mejoró significativamente la calidad de vida material de la mayoría pero también la de los ricos de siempre. Hoy, por las acciones de la restauración neoliberal sumada a los efectos sociales de la pandemia, se puede ver que la década progresista no fue suficiente para solucionar de raíz los problemas de siempre. El hambre, la pobreza o la falta de tierra, techo y trabajo siguen angustiando a la mayoría de los habitantes.

Llegó la hora de aprender de nuestra historia de independencia, de la década progresista y de la posterior restauración neoliberal para construir la emancipación. Esa emancipación soñada por Artigas, Manuelita Sáenz, San Martín, Martí, Juana Azurduy y el Che tiene que ser necesariamente pensada y construida a nivel continental. Vemos cómo nuestros hermanos sufren los mismos problemas sea en Uruguay, Nicaragua, Argentina o Guatemala. La desigualdad impulsada por el norte y promovida gustosamente por los privilegiados del sur, sigue siendo el principal problema. Esa desigualdad necesita ser cuestionada para seguir avanzando y que la “vida digna” para todos no sea algo coyuntural sino estructural.

El progresismo de los 2000s alcanzó límites financieros cuando el crecimiento económico ya no daba para bancar las políticas públicas a favor de la mayoría. Estos gobiernos también desnudaron límites políticos ya que trabajadores, pequeños productores y empresarios veían que pagaban más impuestos que los ricos pero no se sentían tan beneficiados por las políticas progresistas y terminaban votando otras opciones. Si se pretende volver al gobierno, no se puede adoptar la misma receta para llegar a los mismos resultados. Es necesario pensar en fuentes de financiamiento más allá de la dependencia de precios internacionales de bienes que, además, son controlados por un sector muy concentrado. En otras palabras, mientras la torta crece parece que no es tan difícil que derrame, el problema es qué hacemos cuando eso no sucede.

No tenemos por qué ir a buscar al norte las respuestas que acá dieron resultado. Bolivia experimentó el camino de nacionalizar bienes esenciales para la sociedad y además avanzar con la propiedad estatal y cooperativa de recursos muy cotizados en el mundo. El pueblo boliviano y su movimiento político están pensando en un estado audaz, que toma la delantera para obtener recursos que permitan financiar políticas que mejoren la vida de la ciudadanía. También inspira el ejemplo de Argentina cuando, bajo el gobierno de Cristina Fernández, tomó la decisión valiente de estatizar las Administradoras de Fondos de Jubilaciones y Pensiones (AFJP), lo que dio recursos frescos en momentos donde la economía se enfriaba.

Otro camino que debemos evaluar es el del desincentivo a la opulencia. La pandemia reveló que nadie se salva solo y que, para sobrevivir como especie, es imprescindible que se le pongan límites a la avaricia que genera más desigualdad y más conflictos con el ambiente. No se puede permitir que lleguen más vacunas a los países ricos que a los países pobres. No se puede permitir que algunos tengan diez, quince o veinte propiedades mientras haya personas en la calle. No se puede permitir que se acumule riqueza a partir de la especulación financiera mientras millones no tienen para comer. No se puede permitir que unos pocos tengan la mayoría de las hectáreas de campo mientras haya pequeños productores, trabajadores de la tierra que siguen sin acceder a ella.

La pandemia y el conocimiento de los límites de la década progresista son una hermosa coyuntura de reflexión y aprendizaje para relanzar un proyecto emancipatorio a nivel regional. Si hay algo en lo que se nota el triunfo cultural del neoliberalismo es en el intento de destruir los sueños de liberación que vienen de siglos atrás. Reflexionar y animarnos a proponer con audacia, corriendo los límites de lo establecido, debe seguir guiando nuestro camino. Hoy tenemos una preciosa oportunidad de animarnos a construir algo nuevo con raíces en nuestra historia como latinoamericanos.

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