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Cuento De Cuarentena

Cuento de cuarentena

Escribe: María Jossé Rodríguez Yemini. Integrante Centro Socialista de Young 

¡Cuánto ha cambiado el Uruguay desde marzo! ¿Cuánto resta aún?

Los gobiernos del Frente Amplio nos daban certezas, confianza. Lejos del sentir de estos nuevos tiempos. Me permitiré, en el Uruguay de hoy, de conferencias de prensas llenas de metáforas, la utilización de una para ejemplificar mis palabras. Estos días, de más horas en casa, reuniones virtuales y teletrabajo, animan a retomar la narrativa.

Navegábamos en un gran barco que requirió serias reparaciones durante los últimos quince años. Sin duda con grandes capitanes y tripulaciones a la altura y, con un rumbo claro. No estuvimos exentos de problemas de funcionamiento, debemos reconocer que algunos imputables a fallas humanas. Muchas se erradicaron, otras se encausaron y tantas quedaron por hacer.

Un barco que procuró mejorar los camarotes, zonas infantiles, áreas públicas, restaurantes, salones temáticos y los servicios allí brindados. Pronto los nuevos rumbos comenzaron a dar movilidad de sus ocupantes a mejores posiciones dentro del mismo y lo más importante, era permitido decorar con diversidad de colores cada uno de ellos.

Sus pasajeros comenzaron a hacer realidad sueños impensables en sus familias, vieron a sus hijos graduarse y muchas veces no tan lejos de sus camarotes porque las posibilidades estaban cerca de allí. Disfrutaron la alegría en la cara de sus padres cuando la vista les fue devuelta. Festejaron el amor sin fronteras impuestas y festejaron doblemente cuando estas familias como tantas otras pudieron acceder a la reproducción asistida. Tantos derechos fueron conquistados: derecho al cuidado, turismo social, programa de viviendas, y tantos, tantos otros.

Esto no era del agrado de aquellos que en algún momento gozaron de exclusividades y privilegios y fue entonces, que claramente comenzaron a reclamar vehementemente por un cambio. Con la complicidad de sus voceros convencieron a algunos de ser merecedores de algo mejor y en aras de la protección de sus propiedades y las buenas costumbres, se logró cambiar el rumbo.

Y hoy estamos aquí, navegando por un mar de incertidumbres. En el horizonte la niebla comienza a espesar y camuflados entre ella, grandes bloques de hielo atentan día a día con destruir todo lo logrado. Destino: el abismo.

Sobre nosotros, desde el puente de mando, el capitán y su tripulación, una tripulación amalgamada con el único propósito de echar por la borda a aquellos que dirigían hasta el momento el barco, investigan instrumentos y cartas de navegaciones evidenciando falta de preparación. Temerosos de un previsible motín dada la precariedad de la alianza, ven necesario la instrumentación, en urgente consideración, de drásticas modificaciones en varios lugares del barco que harán posible un grosero vuelco de timonel a estribor. El momento no puede ser más oportuno: el barco ha sido alcanzado por la pandemia mundial, los pasajeros en cuarentena, recluidos en sus camarotes y siendo oportunamente informados por aquellos; voceros funcionales al capitán y atentos en proporcionarles el minuto a minuto de la gestión de esta crisis sanitaria y nada más que eso. No más crónica roja y cada vez menos minutos para voces disidentes. Los trabajadores sin cadena y hasta el carnaval a punto de borrarse de la nube.

El nuevo capitán prefirió hacer oídos sordos a propuestas concretas y reales entregadas, en mano desde filas de los anteriores navegantes y, que harían posible sacar el barco fuera de estas aguas turbulentas de crisis económica y social. Por la vía de la omisión de respuesta dijo no a un gran acuerdo social y político para atender la crisis. Eligió gestionarla solo y a través de unas perillas mágicas que aún nadie entiende qué son, ni cómo funcionan pero que definitivamente mandó a la calle a cientos de trabajadores que día a día deben enfrentarse a una pandemia que no discrimina, pero no los encuentra a todos en igualdad de condiciones para hacerle frente pero que a la vez le pide a otros que se queden en casa sin hacerles llegar los recursos suficientes para que puedan hacerlo.

Comenzó una nueva era en la vida del barco que, ayudada por las exhortaciones de confinamiento, mantienen a varios expectantes y a otros atemorizados – porque las necesidades regresaron- pero, sin duda, todos tratando de construir sus vidas en esta nueva normalidad que pretende imponerse.

Pero hay voces que comienzan a escucharse con más fuerza. Lo urgente, sigue siendo la gente, las medidas de emergencia que deben tomarse ya sea desde el punto de vista de la salud como de protección integral de las personas y sus hogares, garantizar el ingreso universal para todos aquellos que están siendo afectados por la pandemia, el cese de los desalojos, las postergaciones tributarias, entre tantos otros temas. Que esto puede entenderse, requerirá de más voces, de más fuerza, de redoblar compromisos y de entender que el abismo que nos espera sólo será real si dejamos que el silencio y la quietud nos ganen.

Exhorto a que esta tormenta que hoy azota el barco y la azotará sin piedad todo lo que le permitamos, sirva para asumir nuestros errores y aprender de ellos. Sus pasajeros requieren que demos la talla.

Sencillamente, no hay tiempo para disputas ni luchas por centros de poder; es hora de asumir nuestra cuota de responsabilidad personal y colectiva, remangarnos y ponernos manos a la obra. Enfrentemos el problema, estudiando las causas, pero siempre con el foco en resolver, atender o mitigar –lo que sea este dentro de nuestras posibilidades- sus consecuencias, que en parte fueron creadas por nuestro propios errores, omisiones o miopías. Hagámonos cargo, pero sobre todo aprendamos y corrijamos prontamente el rumbo. Debemos honrar nuestro legado, construido con lágrimas, sudor y sangre. Tenemos una deuda moral con nuestros predecesores. Muchos de ellos se fueron antes de poder ver sus grandes anhelos hechos realidad y otros, y no sé qué es más triste, luego de vivenciar como comenzaríamos a perderlo todo.

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